
La Ciudad de México se vistió de gala para celebrar la décima edición del Gran Desfile de Día de Muertos el pasado 31 de octubre. El icónico Paseo de la Reforma se transformó en un escenario vibrante donde miles de participantes, provenientes de diversas regiones del país, dieron vida a la rica iconografía del festejo fúnebre mexicano.
Desde temprana hora, la Puerta de los Leones del Bosque de Chapultepec se convirtió en un gran camerino, reuniendo a decenas de agrupaciones y colectivos. Maquillaje, vestuarios elaborados, máscaras y accesorios de papel maché fueron fundamentales para que cientos de personas encarnaran seres mitológicos, alebrijes, personajes de tradición popular y danzantes prehispánicos, creando una atmósfera de profunda conexión con el Mictlán.
El desfile, que recorrió cerca de 5 kilómetros hasta el Zócalo, rindió homenaje a figuras emblemáticas como Juan Gabriel, Emilio «El Indio» Fernández, Nellie Campobello y Juan Rulfo, quienes sirvieron como hilo conductor para la narrativa visual de este año. Doce carros alegóricos y dos globos monumentales se sumaron a la caravana, junto a representaciones de ajolotes, la cultura maya y diversas regiones del país.
Las autoridades capitalinas reportaron una asistencia de 1.6 millones de espectadores, quienes se congregaron a lo largo de la ruta para presenciar el paso de los 47 contingentes. Este evento, que coincide con una de las temporadas de mayor actividad turística, se realizó en paralelo al Gran Premio de México de Fórmula 1, eventos que se proyecta generarían una derrama económica superior a los 35 mil millones de pesos.
La magnitud del desfile actual contrasta significativamente con sus inicios en 2016, cuando reunió a poco más de mil voluntarios y atrajo entre 20 mil y 30 mil espectadores. Esta evolución subraya la consolidación del evento como un espectáculo de alcance masivo que, sin embargo, coexiste con las expresiones más íntimas y comunitarias de la celebración del Día de Muertos.
Como broche de oro, el Zócalo capitalino recibió la procesión con una monumental Catrina de más de 33 metros de altura, reconocida por Guinness World Records como la más alta del mundo en su categoría. La construcción de esta imponente figura fue un esfuerzo colectivo de más de 60 personas, uniendo arte, tradición y la memoria de quienes ya no están en una celebración que reafirma la singular relación de México con la muerte.



